Las Mujeres azotadas

Y entonces ocurre: una mujer Hamer se acerca bailando a uno de los jóvenes sentados levantando hacía el cielo su corneta. Éste se levanta y empuñando una fina vara de arbusto le propina un fuerte latigazo. Un impacto seco y fuerte, que casi me duele hasta a mí. La muchacha sonríe feliz, ha demostrado ante todos su valor y fuerza física y cada una de las cicatrices constituirán un tributo de amor hacia el joven saltador, una dolorosa marca que la convertirá en más apreciada y deseable a los ojos de los varones y con la que podrá conseguir una mayor dote. Una y otra vez el proceso se repite, y una y otra vez el ruido de la vara rasgando las brillantes pieles, una y otra vez las heridas cincelando los cuerpos, una y otra vez la sangre brillando con el reflejo del sol al atardecer….

Esta vez es una mujer de avanzada edad la que se acerca a uno de los muchachos (sólo aquellos que no están casados tienen el derecho de infringir los latigazos) y desafiante le invita a pegarle. El joven se recusa pero la mujer comienza a insultarle y finalmente el hombre accede a ejecutar el doloroso rito. Los extranjeros presentes expresamos con una mueca nuestra desaprobación pero ninguno somos capaces de apartar la mirada ante la hipnótica y cruel danza que se desarrolla ante nosotros.

Mientras, los amigos más próximo del “ukulí” empiezan a pintarse la cara y beber té en calabazas. El gran momento se acerca. Nos trasladamos hacia otra explanada donde decenas de vacas campan a sus anchas levantando una incómoda polvareda. Un grupo de hombres elegidos proceden a seleccionar a aquellas vacas sobre las que escalará el esbelto cuerpo del muchacho.

Se escucha un murmullo de aprobación. “¿Qué pasa?, ¿qué pasa?”-preguntamos. “Saltará sobre 13 vacas en vez de 10, eso quiere decir que el ukulí es muy valiente”. Poco a poco, el caos da paso a un orden casi perfecto, donde extranjeros y Hamers rodeamos un curioso escenario de 13 vacas colocadas en fila y sujetadas a ambos lados por jóvenes profusamente decorados con pinturas y abalorios.

Entretanto, el ukulí, con su peinado característico y completamente desnudo se prepara para acometer una de las pruebas más importantes de su vida. Todo el mundo calla y entonces, casi como por arte de magia, emerge la grácil figura del joven saltando sobre los blancos lomos de los animales. Una, dos…casi se cae, murmullos tres, cuatro…..cinco, murmullos de nuevo (esta vez de aprobación) y seis. Estalla la euforia. Pese a que sólo está obligado a hacerlo cuatro veces sucesivas, el joven ha saltado seis ganándose el respeto de los suyos que lo reciben ahora felicitándole y abrazándole.

Pero la fiesta para los Hamer no ha hecho sino empezar. El ruido de cascabeles se aleja cansinamente hacia otro lugar, esta vez sólo conocido por ellos, donde celebrarán con mucho baile y alcohol al nuevo adulto. Nosotras nos retiramos sin hablar, intentando asimilar cada imagen, descifrar cada símbolo y con la certeza absoluta de haber vivido una de las experiencias más extraordinarias de nuestra vida.

Por Tare

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